martes, 19 de junio de 2012

Decidir


Buenos días y bienhallad@s:

¿Qué tal en este último coletazo de primavera? Se acerca el solsticio, y todo un verano lleno de posibilidades.

De fondo de la entrada, se desliza la Suite de Pulcinella  y La consagración de la primavera de Stravinsky.

Hoy vamos a reflexionar sobre las decisiones, cómo podemos tomarlas, diversas claves y preguntas para pensar.

Qué es decidir:

¿Cómo podemos saber que una decisión que hemos tomado o que estamos a punto de tomar es la mejor? Con una sensación profunda de bienestar y felicidad, el "eureka" corporal: intuitivamente, tenemos la certeza de que es la idónea, nos sentimos liberad@s y dichos@s.

Todo esto, por supuesto, en el caso de que estemos en conexión con nuestro cuerpo, mente, emociones y entrañas. Porque si hemos omitido anteriormente las señales que nos enviamos desde nuestra sabiduría interna (dolores, enfermedades, angustias, intuiciones) , pasándolas por alto, puede llegar un momento en el que no sepamos qué es lo adecuado y qué no lo es. En otras entradas hablaremos de la anhedonia o incapacidad de sentir placer, de la adicción al estrés (y por tanto a decisiones que nos llevan siempre al límite), etc.

La meditación es una herramienta excelente para decidir: en muchas ocasiones, pongo en barbecho en mi interior todas las cuestione sobre lo que quiero elegir, y la respuesta viene tras meditar, tras acallar la mente.

¿Te ha sucedido últimamente que has hecho una elección en contra de tu corazón (o de tu intuición), y las consecuencias han resultado malas?

¿Cuánta voz y cuántos votos tiene tu parte racional frente a las otras?
Un ejemplo de elección de largo alcance hecha "racionalmente": "Estudiaré esta carrera seria, y luego ya haré lo que me gusta"...  

¿Y la parte emocional? Elegir en función del estado anímico del momento es, cuanto menos, peligroso, ya que, podemos , en la cresta de la ola, aceptar algo que luego no somos capaces de asumir, por habernos envalentonado, o, si estamos en la parte más baja de la ola, rechazar algo que sí que anhelo porque en ese momento "me encuentro mal". Las decisiones, por tanto, lleva un tiempo tomarlas, y hay que hacerlo en calma.

También pueden ir por aquí los dos extremos: ponernos en el peor de los casos o en el mejor nos sitúan en la irrealidad. ¿Qué probabilidades hay de que me parta un rayo, de que me toque la lotería o de que mañana madrugue para ir a trabajar? En el medio estará, probablemente, lo que vaya a suceder, salvo que vivas en medio de un guión de cine.



Otra manera de poner esa decisión en su sitio es viendo qué incidencia tendrá en nuestra vida, imaginándonos que tenemos 80 años y echamos la vista atrás, hacia nuestro momento presente. ¿Qué consejo nos daríamos?
Recuerdo cuestiones relacionadas con algún trabajo concreto, con las que me torturaba pensando qué hacer... Y que, pasados los años, me he dado cuenta de qué podía habérmelos ahorrado, porque, en el cómputo global de una vida, no tienen importancia.

Sí la tienen las bases de nuestra vida: algo que afecta a nuestros seres amados, una enfermedad, una decisión que puede ir en contra de nuestra ética.
En estas decisiones es en las que es menester que nos centremos y dediquemos tiempo y cariño, así como tener claros nuestros principios y prioridades.

Una decisión idónea

lleva su tiempo,
está tomada desde el amor,
trae felicidad a todas las personas implicadas en ella
(y si no es así, sigue buscando),
es ecuánime...
y una fuente de aprendizaje.

Espero que os haya gustado; si es así, os agradecería que me escribiérais.
Gracias por estar al otro lado.

Mi bendición:


Virginia Castanedo

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martes, 12 de junio de 2012

Tenemos un nombre



Buenos días y bienhallad@.

Hoy vamos a hacer una primera aproximación a la diferencia que supone utilizar unas palabras u otras, ya que, a través del lenguaje es como definimos el mundo.


¿Realmente crees que viven en la misma ciudad una persona que la califica, por ejemplo, de "peligrosa" a otra que la define como "verde y amable"? Comparten lugar físico y pasean por las mismas calles, si bien cada una percibe lo que su criba mental permite pasar, lo que está entrenada a ver.

¿Cuánto podemos cambiar si elegimos las palabras con las que definimos lo que nos sucede, si enfocamos nuestra atención a lo positivo?


Y si nos acercamos al tema humano, ¿qué palabras son las que más empleas para definir a las personas que te rodean? ¿A tus seres queridos, a colegas, vecin@s, personas a las que es poco probable que vuelvas a ver?

He hecho un gráfico de mi visión, que me vino a la cabeza un día en el que estaba en el metro, atestado de gente, y empecé a incomodarme, agobiada: éramos una masa vibrante, cabreada, estresada, empujábamos, olíamos a diversos aromas no todos agradables, no dejábamos salir ni moverse, lanzándonos y devolviéndonos miradas aviesas... Y me di cuenta de que yo también era parte sintiente de ese magma humano, de que molestaba igual que l@s demás a mí, y con eso me fui relajando y mirando con otros ojos a cada un@: todos los seres humanos tenemos una historia, sentimientos, familia, disgustos, alegrías...

Me ayuda imaginarme su vida, el por qué de su estado anímico presente, qué les ha pasado, etc.

Pasamos de ser gente (impersonal, plural), a ser personas.

A veces, incluso, llegamos a saber su nombre y nos convertimos en amig@s, o en alguien con quien compartir nuestra vida. Tratar a cada persona como el ser sagrado que es, mirar a los ojos, preguntar su nombre.


Otra parcela a tener en cuenta son las personas que no nos gustan, a las que tenemos manía. También cambia nuestra energía cuando nos relacionamos con alguien de quien, en privado, hablamos con indiferencia, despectivamente o con odio. Sobre todo cuando utilizamos un circunloquio para referirnos a ell@s, para evitar decir su nombre.

Nuestros nombres propios nos hacen personas únicas en el mundo: al negarnos a utilizarlo para referirnos a alguien, estamos sellando un pacto de no respeto. Y la persona que está delante lo nota , igual que nosotr@s nos percatamos cuando no somos bien recibid@s o caemos mal a alguien.

Una sugerencia que suelo hacer y que provoca ciertas reticencias cuando la propongo: es el reto de buscar algo positivo en todo el mundo, especialmente en esa persona a la que detestas. (Puede ser un exiguo "viste bien", se trata de que vuelvan a las casillas amarillas). Si te atreves a probarlo, notarás una sutil diferencia en positivo respecto a esa persona, cómo puede llegar a cambiar la relación, cómo disminuye la inquina hacia ella. Si quieres, claro. Tal vez prefieras quedarte en la situación tal y como es, a riesgo de no crecer.



Mi bendición:


Virginia Castanedo


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