jueves, 17 de diciembre de 2009

Atracón de correr


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Buenos días:

En la estructurada Quincena de placeres estaba el domingo: volver a correr. Y la esperaba como agua de mayo.

Lo dejé por dolores lumbares con gran pesar el primer trimestre del año y lo he echado de menos en múltiples ocasiones.

Comencé hace más de cuatro años, cuando dejé de fumar, y por una razón curiosa: cada vez que recibía una buena noticia, mi impulso era correr, feliz. Ni gritar, ni cantar, ni gesticular... sólo correr... y me sentía tan libre, tan viva, que decidí intentarlo, tras una vida de sedentarismo. En otra ocasión cuento mi plan de entrenamiento que partió de sofocarme al correr apenas unos minutos a unos cuarenta en días alternos, disfrutándolos.

Os pongo lo que anoté después de ducharme. Salí con el planteamiento de darme cuenta de todo lo que estaba pasando por dentro y por fuera, a cada momento.



Estoy pendiente a ratos de que mi cadera esté en retroversión (pilates, ya os lo explicaré), me alegra comprobar que es así la mayor parte del tiempo.

Frío que entra por la garganta, la nariz congelada, y la bola de hielo gaseoso que baja hasta el inicio de los pulmones, debajo del esternón. Lo compensa un día magnífico de sol, que acaricia mi cara. En tramos me da en los ojos. Me concentro mirando un punto delante de mí, para lograr abstraerme de lo exterior… dura segundos, son fogonazos… hay muchas personas que pasean por los alrededores, en todos los lugares, en el paseo… tengo que concentrarme para poder seguir corriendo y esquivando gente en muchos de los tramos.

Quince minutos corriendo, y siento que flaqueo. Recuerdo entonces que es una de mis barreras al hacer deporte, y continúo. En unos minutos he recuperado la alegría de correr.

Siento las grasas que cubren las caderas y el trasero y se mueven, tras un par de kilos de más y muchos meses sólo con pilates. Me acepto. Soy así.

Suena “Todo” de Pereza con Iván Ferreiro en mi MP3. Sonrío.



Recuerdo, hace años, en plena adolescencia, en una carrera en un tramo cuesta arriba, que me pilló volviendo a casa, a una mujer anciana, majestuosa y humilde, fibrada, con los músculos marcados con delicadeza, concentrada en correr. Me la quedé mirando boquiabierta y he guardado esa imagen en mi corazón todos estos años. Espero, dentro de treinta años, tocar el corazón de alguna otra niña como fui y que empiece a ejercitarse...

Corrí 34 minutos. Al día siguiente tenía doloridos todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo. Hoy jueves ha dejado ya de dolerme, para que os hagáis una idea.


Moraleja: al deporte, igual que al arte, hay que volver en pequeñas dosis para poder disfrutarlo. Así que me planteo sesiones de 10-15 minutos corriendo durante un par de semanas (como leí en una revista especializada), para poder volver a disfrutar la vida deportiva.

En próximas entradas:
-Anécdotas y manías más o menos graciosas de cuando corro.
-La parte espiritual del deporte.
-Pilates o la importancia de la postura correcta.
-Gestión del tiempo.

Toca fin de semana de supervisión en Madrid... os cuento.

Un saludo.

Virgiñita.

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